Cuando te aproximas a la campiña de Valencia de
Alcántara buscando los senderos que nos llevarían a los
milenarios sepulcros, descubrimos a lo lejos, tras los
campos de encinas y alcornoques, los grandes farallones
rocosos que marcan la frontera portuguesa, una línea
desconocida para aquellos hombres de la prehistoria,
cuyos límites estaban marcados por sus territorios de
caza, sus pastos, o sus campos de cultivo.
Más cerca despuntan
berrocales e inmensos batolitos de granito donde
los constructores de dólmenes desgajaron las gruesas
losas, obra ingente en la que participarían decenas de
hombres para trasladar y elevar...
Artículo completo en la edición en papel de Vivir Extremadura.